Caperucita Roja, ilustrada por Paloma Valdivia, Ediciones Diego Pun

Las redes han ardido estos días con la noticia de que La escuela Tàber de Barcelona ha «censurado» el cuento de Caperucita Roja entre otros muchos retirándolo del catálogo de la Biblioteca por ser sexista.

Ante el revuelo, publica La Vanguardia este artículo con las declaraciones de la persona que representa a la Asociación de Madres y Padres. Dijeron que no es que lo hubieran retirado:
“La realidad es que hemos hecho un análisis con perspectiva de género en la biblioteca de parvulario, que son infantes sin capacidad crítica, de perspectiva histórica, analítica… En este contexto de parvulario se hizo un análisis de los más de 600 libros que hay en la biblioteca”.

De ese análisis solo un 10% de los libros tenía perspectiva de género, 30% se eliminaron por sexistas o racistas y el resto se quedan, pero «marcados» los que tienen asuntos que vigilar o debatir sobre este tema.

Me parece encantador que se dé tanto poder a los libros, que haya que extirpar títulos porque serán malos para el desarrollo de nuestro alumnado. Porque ya sabemos que los niños y niñas de infantil, lo que ven, lo hacen, ¿verdad? Lo que leen en un único libro les marca para toda la vida. Y además, saltan desde el balcón vestidos de spiderman y miran a los cerdos preguntándose por qué no hablan como Pepa Pig.
¿Los niños y niñas de infantil son «infantes sin capacidad crítica»? ¿En serio? No tienen muchos referentes históricos (ni los necesitan) para entender una historia pero reflexionan, se hacen preguntas, plantean diferentes puntos de vista.
Y además, el sentido crítico precisamente es lo que se desarrolla cuando les facilitamos cuentos que tienen múltiples lecturas, no libros simplistas con un mensaje claro, directo y masticado, tenga o no perspectiva de género.

Desde una intención más que buena, se está faltando al respeto por un lado a los libros y por otro a los niños y niñas.
A los primeros, porque ese poder está relacionado con la visión utilitarista y pedagógica del libro, pero es un poder que no tiene la literatura. La literatura tiene otros: hacernos preguntas, transgredir, inquietarnos, revolvernos, hacernos disfrutar, provocar placer… (No está aquí para respetar, como dice Ana Garralón).
A los segundos, porque parte de un punto de vista ejemplarizante, moralista, paternalista y condescendiente, desde el adulto que sabe al pobre niño indefenso que no puede pensar por sí mismo y menosmalqueestamosnosotrosparaguiarles.

Pero de todo esto, que no es nuevo, lo que más curioso me parece es que una se enfrente al análisis de libros de una biblioteca desde la perspectiva de género, nada más.

¿Qué pasaría si hiciéramos el análisis de libros de una biblioteca desde la perspectiva de la calidad estética o literaria? ¿Qué pasaría si yo, amante y defensora de los libros álbum decidiera exterminar de la biblioteca todos los que no lo son porque no desarrollan la capacidad analítica de la imagen en el alumnado? ¿Cuántos libros quedarían?

Y por otro lado y sobre coeducación: ¿Qué sentido tiene que una madre que decide no contar tal libro a su hija porque es sexista le diga a su hijo pequeño que a las casitas no se juega porque es cosa de niñas o insista a su hija en que se siente como una señorita y no se pelee? ¡Esto está pasando!

Rescato del artículo: Preguntada si ‘La Caperucita Roja’ se considera machista, Tutzó comenta que sí pero asegura que “se tiene que contextualizar cuándo se escribió, cómo, por qué y cuál es su significado. Hoy en día evidentemente está fuera de lugar. Eso no quiere decir que se pueda explicar y de otra manera o con una perspectiva histórica con una edad pero no con infantes de 1 a 4 años”.

En fin: ¿Por qué Caperucita hoy está fuera de lugar? ¿Por qué no se puede contar Caperucita a niños y niñas de infantil? Es algo que de verdad sigo sin entender.

No sé si Caperucita está fuera de lugar, pero sé que los planteamientos simplistas, unidireccionales y políticamente correctos cuando hablamos de literatura, lo están.