Hace poco más de una semana estuvo por casa Andrés Montero junto a Nicole Castillo, ya les contaba aquí que estuvieron programados en el Festival Encuentracuentos y pudimos disfrutar de su compañía unos cuantos días. Vienen de Chile y juntos forman el grupo La Matrioska.

A su paso, Andrés dejó tres de los libros que ha escrito. Dos me los comí en un día pero el tercero lo he ido masticando despacito.

 

El primero que leí fue «Tony Ninguno», un libro al que tenía muchas ganas. Esta novela fue reconocida con el X Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska. Está editado por La Pollera, 2017.
La cubierta atrae. Es una pintura titulada «El viejo circo sigue en pie», de Cristián Elizalde. Me encantó el detalle de que la ilustración continúa en la solapa de la cubierta delantera, mira:

 

Engancha desde el primer párrafo, al que volví una y otra vez durante mi lectura: «Después recordé que ya lo había visto desde el aire, mientras volaba de un trapecio a otro. Había divisado sus ojos absortos en mi vuelo, en mis manos seguras., (…). Estaba sentadito al lado del árabe, pero parecía querer elevarse conmigo (…)».

 

 

La historia está contada en primera persona por la protagonista, una joven trapecista que trabaja en el circo familiar de los Garmendia. Comienza con un árabe que llega al circo con un niño pequeño de la mano y los dos tomos de Las mil y una noches. Pide a la gente del circo que, a cambio de los libros, cuiden al niño por un rato. Pero no vuelve, de manera que el circo debe acogerlo. La niña le bautiza «Sahriyar», como el rey asesino de Las Mil y una Noches, aunque el resto le llama «Tony Ninguno», y su presencia marcará el devenir del circo durante los siguientes años.
Más adelante la chica se lesiona y decide aprenderse las historias de Sherezade. Un día, el dueño del circo le da permiso para contar esa noche en la función.

 

Una narradora oral contando dentro de una función de circo. Jamás había conocido un personaje así. . Y así, Sherezade cuenta pero también calla. ¡Y cuánto calla! Hay mucho que contar sobre esta novela, pero me callo yo también. Les invito a leerla. Solo diré que creo que es una novela valiente a nivel de temática y de estructura, con varias capas narrativas y relaciones intertextuales, que entremezcla fantásticamente ilusión y realidad. En fin, ha sido una lectura muy disfrutada.

 

 

El segundo libro que leí es una novela juvenil titulada «En el horizonte se dibuja un barco», editado por SM, 2018. Cuenta con una preciosa ilustración de cubierta de Adrián Gouet.

 

Está protagonizado por Gabriel, un muchacho solitario que un verano se descubre interesándose por la poesía al mismo tiempo que va conociendo el amor (y el desamor, claro).

Me gustó especialmente de este libro el modo tan realista en el que describe cómo un adolescente puede llegar a conocer y enamorarse de la poesía. El repentino interés tras descubrirse reflexionando, recordando algo que explicó un profesor o leyendo. Yo, concretamente, volví a mi adolescencia de un golpe y «me comí» el libro en un santiamén sintiendo esa nostalgia entremezclada con condescendencia con la que a veces nos vemos hacia atrás.

Por último, el más degustado y el que más me interesó: «Alguien toca a la puerta: leyendas chilenas», publicado por SM en la Serie Roja de El Barco de Vapor en 2016 y que ya va por la tercera edición en 2018.
El primer cuento que leí fue el primer cuento le escuché en el Festival y fue una experiencia curiosa verlo por escrito, ya que da pie a reflexionar sobre cómo cambian los cuentos desde lo escrito a lo oral, aunque lo hayas escrito tú desde la propia oralidad. Qué información previa aportaba en el oral y no en el escrito, qué acentos ponía, los ritmos, los silencios, las expresiones… todo eso que hace que el cuento, en la boca del narrador, viva.

Es un libro creado a partir de los viajes y experiencias vividas por el autor, leyendas contadas y vividas en primera persona. Es, parece, el más personal, en el que más énfasis se pone en nuestro papel de narradores y narradoras. Andrés viaja, escucha, vive y cuenta, y parece, leyendo, que se le oye la voz.

Visité los caminos de Chile, aprendí muchísimo vocabulario, escuché cómo hablan allá los campesinos y demás protagonistas de las historias; sus diálogos son tan frescos que se pone de manifiesto la pura oralidad en el texto literario.

En fin, un verdadero disfrute. Léanlo, léanlo.

Gracias, Andrés.