Tres días hablando sobre la muerte en Oporto

Del 9 al 11 de septiembre tuve la suerte de participar en la European Grief Conference 2026 (Congreso Europeo de Duelo), celebrada en Oporto. La tercera edición de este encuentro reunió a profesionales de distintos países y ámbitos —investigación, educación, psicología, cuidados paliativos, intervención comunitaria, artes— alrededor de una idea que atravesó buena parte del congreso: el duelo no pertenece únicamente al ámbito clínico y necesitamos aprender a abordarlo también desde las comunidades, la educación y la cultura.

Todo empezó el miércoles 9 con el taller Understanding the Neurodiversity of Grief, impartido por Ally Pax Mair: una aproximación muy interesante a cómo las personas neurodivergentes pueden vivir, comprender y expresar el duelo de maneras diferentes, y a la necesidad de construir apoyos realmente neuroinclusivos. Ese primer día terminó con la recepción de bienvenida en la Cooperativa Árvore, que fue también el comienzo de otra parte fundamental de estos encuentros: conocer gente, poner cara a trabajos que una ha leído y seguir hablando fuera de las salas.

El jueves 10 comenzó con la conferencia plenaria de Lauren Breen, A grief literate world for young people, y continuó para mí con el bloque especial dedicado a Arts, en la sala Aurora. Me interesaba especialmente encontrar las artes dentro de un congreso sobre duelo: proyectos que utilizaban objetos, creación colectiva, fotografía o diferentes lenguajes artísticos para abrir espacios en los que hablar de la pérdida.

Y por la tarde llegó uno de los momentos más importantes para mí: participar en Policy & Education II con mi comunicación Fostering dialogue about death in educational and family contexts through picturebooks and traditional tales. Allí pude compartir una parte del trabajo que llevo tiempo desarrollando en Contar la muerte: la necesidad de no esperar a que ocurra una muerte para hablar de ella con la infancia; de ofrecer palabras antes de que hagan falta; y de utilizar cuentos tradicionales y libros álbum que nombren y muestren la muerte sin esconderla detrás de metáforas tranquilizadoras ni tratar a niños y niñas como si no fueran capaces de pensar sobre ella. Compartí también la experiencia de los talleres con familias en «Cuando la muerte vino a nuestra casa» en el TEA, los diálogos que aparecen cuando se abre de verdad ese espacio y mi defensa de la literatura y la narración oral no como herramientas para dar respuestas cerradas, sino para permitir preguntas. Poder llevar ese trabajo, nacido en gran medida de la práctica, a un espacio europeo de investigación, políticas y educación fue especialmente significativo para mí (y qué nervios, Diosmío, y qué dificultad para meter todo eso en 15 minutos).

El viernes 11 estuvo dedicado a seguir escuchando: las plenarias de Nina Vaswani e Inês Rothes, sesiones de Practice III, simposios y varias aportaciones españolas, entre ellas estuvo el simposio Ambiguous Loss and Delayed Disenfranchised Grief: The Spanish Experience of Historical Trauma, moderado por Nereida Bueno-Guerra, que llevó al congreso una dimensión del duelo vinculada a las víctimas del franquismo y sus familias. Me interesó especialmente encontrar, dentro de un congreso internacional sobre duelo, un espacio para abordar un duelo de mi país atravesado por la violencia política del silencio.
Después de dos días, empezaban además a aparecer conexiones entre trabajos que inicialmente parecían muy distintos: infancia, desigualdad, educación, suicidio, rituales, comunidad, arte… y una misma pregunta de fondo sobre qué hacemos socialmente con la muerte, las pérdidas y las personas que atraviesan un duelo.

Todo esto ocurrió además en Oporto, con el congreso instalado en la Super Bock Arena, dentro de los jardines del Palácio de Cristal. Una ciudad de cuestas, río, piedra, fachadas gastadas y conversaciones que continuaban caminando, comiendo o tomando algo después de las sesiones. Los encuentros sociales —la recepción del miércoles, la cena del congreso del jueves y todos esos ratos informales entre medias— hicieron que el congreso no fuese solamente una sucesión de comunicaciones. Me vengo con el corazón lleno de gente más friki que yo con este tema.

Me vuelvo de Oporto con apuntes, nombres, libros, proyectos y preguntas. Con pegatinas que validan el duelo y un juego de cartas para dialogar sobre la pérdida (en portugués). Durante tres días, personas de lugares y disciplinas muy diferentes nos reunimos precisamente para pensar cómo acompañar mejor la vida cuando la muerte y la pérdida forman parte de ella y me hace feliz saber que desde los cuentos, la literatura y la educación, también tenemos algo que aportar a esa conversación.
¿Quién sabe? ¡Ojalá nos veamos en Budapest 2028!
