Piel de pluma

Hace tiempo que, cada vez que tengo que preparar un cuento nuevo, elijo un cuento tradicional. Una parte de mi narradora tenía frío y estos cuentos han llegado a ponerme un vestido cálido con el que sentirme cómoda y segura.
Ayer estrené en Verano de cuento Piel de pluma. Todo comenzó cuando me compré una preciosa falda de cisnes: “Contaré La princesa cisne” o “Los cisnes salvajes” -me dije-, “y será la primera vez que el vestuario me lleve al cuento”. “Lo titularé Piel de pluma” -me dije-, que es lo suficientemente amplio como para que quepa cualquier cuento con aves.
Al final no hubo cisnes porque seleccionar un cuento es un acto político. Cada historia valida valores, visibiliza realidades o perpetúa estructuras de poder. Al narrar, decidimos qué visiones del mundo merecen ser escuchadas y cuáles quedan en el olvido, y yo quería dejar en el olvido a esa muchacha que no puede parar de coser en una torre, silenciada durante años, para salvar a sus hermanos, y quería dejar en el olvido a esa pobre princesa cisne como cuerpo femenino atrapado y controlado exclusivamente por las decisiones, los deseos y las leyes de los hombres que la rodean.
Así que acudí al gurú de lo tradicional, mi compañero Pep Bruno, que me recordó una versión de Los tres pelos de oro del diablo en que no aparecía diablo, sino un Pájaro ogro. Me valía: le pondría “piel de pluma al ogro” y ya tenía la historia. Además, hice un taller con Pep en la Escuela de Verano de AEDA en la que habló de cómo se combinan a veces los cuentos maravillosos, de manera que mi versión del cuento incluía dos cuentos distintos que muchas veces en la tradición se han contado por separado.
Teniendo ya el cuento solo faltaba prepararlo; leí 7 u 8 versiones del cuento recogidas en diferentes partes de España y Latinoamérica (gracias de nuevo, Pep), luego lo dejé macerar en mi cabeza, y a los días escribí el cuento que conté anoche. Le añadí mis toques, tomé todas las decisiones que necesité… pero faltaba contarlo. Hasta que no sale por la boca no existe, así que pedí a algunas compañeras/os y amigos/as que lo escucharan para poderlo ensayar.
Gracias, Irene, por parar tu jornada de oficina para ser la primera en escucharlo. Luego vinieron Pep y Mariaje, Néstor (dos veces), Vane, Lara y Héctor y la buena de mi intérprete de Lengua de Signos, Natasha, quien iba a estar conmigo en el escenario. Esto sucedió en tres días. Número mágico. Desde que terminé de escribirlo hasta que lo estrené anoche pasaron tres días donde no pude pensar en otra cosa. No quise leer mis libros pendientes, no pude ver ninguna serie. Nada que me sacara del mundo del cuento, que me ayudara a ver la película de las acciones unas tras otras, que me metiera dentro del universo de sus personajes, nada que no fuera hacerle preguntas al cuento (gracias, Diego) para dejarlo bien amarrado.
Cada una de las personas que lo escuchó antes de anoche le dio forma. Todxs ellxs estaban conmigo en el escenario. Unos porque me recomendaron cambios para que algo fuera verosímil, otros porque me dijeron frases clave que ayudaban a la poética, otras porque señalaron tal o cual parte como muy llamativa y me invitaron a detenerme más en la escena. Y así. Incluso Andrés y Javier, sin escucharlo, estuvieron ahí cuando escribí las décimas (gracias por tus cantos, chileno). Sin ellxs, el cuento anoche habría salido como un patrón hilvanado, no como un vestido listo para estrenar.
Y, qué les digo, el vestido me sentó genial y el público quedó encantado, pero es normal: los cuentos tradicionales nos sientan bien porque, como dice Pep, “estamos hechos de ellos”.
¿Lo notan? Están en nuestros genes: conectan con arquetipos universales, ofrecen un orden moral claro y los patrones psicológicos que reflejan son reconocidos de forma innata por nuestra mente. Se nota tanto con niñxs como con público adulto: su estructura repetitiva y su ritmo nos conectan con la acción y nos ofrecen seguridad compartida.
Solo tengo GRACIAS para decir. Me emociona muchísimo estar rodeada de gente sabia y buena tanto en el proceso creativo como en escena, narrándolo. Gracias a todas (y a ti en especial, Lau, tu compañía hizo toda la diferencia ayer).
Y una petición: quiero volver, Juan Reyes, que tengo que continuar la historia.
Sigan disfrutando de Verano de Cuento, que, por suerte, no ha hecho más que empezar.







