Ayer, víspera del día de los difuntos, de todos los santos o de los «finaos», como también dicen en esta tierra canaria, acudí por la mañana a un instituto en el que el año pasado trabajé como becaria en la biblioteca, gracias al proyecto PIALTE (Programa Insular de Animación Lectora y Técnicas de Estudio).
Este año, sabiendo que no estoy en ese programa y que narro cuentos, me han llamado para que les contara algo «de miedo» a los chavales y, de paso, volver a saludarme.
Fue impactante. Habían decorado la biblioteca maravillosamente. Me recibieron con mucho calor y cariño tanto profesores como alumnos… y para que las sesiones fueran más íntimas, realicé seis sesiones distintas a lo largo de la mañana.
Les conté sobre el Samhaim celta y sobre Jack O´lantern, para que recordaran (o aprendieran) que no es una fiesta típicamente americana, y continué con alguna historia «de miedo» que terminó de caldear el ambiente ya bastante cálido a la luz de las velas y las lápidas del pequeño cementerio que habían creado los propios chicos.

Un alumno de 4º ESO se vistió de muerte e iba a buscar a los alumnos a las clases diciéndoles con voz cascada: «Acompañadme», y cuando los dejaba en la biblioteca y yo los recibía se despedía con un: «Aquí se quedarán vuestras almas…».
Se lo pasaron de muerte, y yo terminé, feliz y literalmente… muerta.
(Me encantó el detalle de las lápidas hechas con libros… en este caso uno de los tomos de «Pesadillas» de R.L. Stine)
Por la tarde, continuó la fiesta contando cuentos a un sorprendentemente numerosa cantidad de niños y niñas de 2 a 10 años disfrazados de brujas, fantasmas, monstruos y demás en un café teatro que también habían decorado expresamente para la ocasión.
En fin, un día completo.